Cada cordero sacrificado en el tabernáculo era una promesa en carne y sangre. Cada pascua era un anuncio. Pero cuando Juan el Bautista exclamó: "He aquí el Cordero de Dios", los siglos de espera llegaron a su fin. El símbolo y la realidad se encontraron en el Gólgota.
El origen del pecado y la promesa de salvación
Antes de la caída en pecado, Adán y Eva conversaban diariamente con su Creador. Vivirían eternamente mientras obedecieran su Ley. Dios les impuso una condición pequeñísima, muy fácil de cumplir, pero les advirtió solemnemente que su transgresión era enorme, y si pecaban, morirían, dejarían de ser para siempre. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron el mandato divino quedaron condenados a muerte. La Ley de Dios, el fundamento de su gobierno, no puede ser violada impunemente. Su transgresión es incompatible con la existencia. La Palabra empeñada de Dios exigía su ejecución inmediata.
Sin embargo, el Creador no los destruyó ni los dejó sin esperanza. Dios Padre en unión con el Hijo concibió el Plan de Salvación para la raza humana. Porque el mismo Hijo de Dios iba a cargar con la culpa del pecado, y llevaría el castigo en lugar del hombre. Para ello debía nacer, vivir una vida de inocencia y luego morir. Pero para la ejecución del rescate de Adán y Eva se necesitaba tiempo.
Si Dios hubiera arbitrado los medios para que esto sucediera de manera inmediata, Adán y sus hijos no habrían conocido la naturaleza mortal del mal, ni entendido el sacrificio de Jesús. Por otro lado, Satanás demandaba este mundo como su reino, ya que Adán lo había elegido, y se le concedería la oportunidad de demostrar aquí en la Tierra, en que se transformaría el Universo si los principios de su gobierno fueran llevados a la práctica. La sabiduría de Dios dejó que la humanidad y los seres no caídos de otros mundos vieran cuáles eran los resultados del pecado para que esta triste experiencia nunca más tuviera lugar en la Creación de Dios.
Las consecuencias del pecado
En su condición caída, Adán y Eva fueron privados de la Presencia visible de Dios. Y este mundo, infectado por el mal, quedó aislado del Universo y de la convivencia con seres santos. Además fueron excluidos del Edén. Un ángel guardaba la puerta del Jardín para impedir que tuvieran acceso al árbol de la vida y que perpetuaran una existencia miserable. El árbol de la vida permitía su regeneración continua y eterna. Privado de él, Adán vivió novecientos treinta años, pero ese mismo día empezó el proceso de envejecimiento, una muerte lenta pero segura. Se cumplió la sentencia: "el día que de él comieres, morirás". Instalada en Adán la naturaleza mortal, la trasladó a sus hijos. Nacer era empezar a morir. Con el correr del tiempo y el avance del pecado, la naturaleza humana se degradaría tanto que la esperanza de vida de sus descendientes sería menos del décimo de la de Adán, pues el padre de nuestra raza vivió 930 años y hoy muy pocos llegan a los 93.
Y la sentencia se cumplió al pie de la letra: Aunque el sacrificio del Hijo de Dios se aplazaría por cuatro mil años y Adán viviría por casi mil, ese mismo día un cordero debía morir en lugar suyo. Dios ordenó a Adán matar un corderito inocente e inofensivo en representación del Redentor prometido, manso y humilde. Adán tuvo que tomar una piedra afilada y dar muerte a ese animalito confiado. Nunca antes había visto tal cosa. Así comprendió la gravedad de su pecado y el carácter terrible e irreversible de la muerte.
"Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles y los vistió." (Gén. 3:21)
En los días de su inocencia, el Espíritu de Dios, como un ropaje de gloria cubría a la santa pareja. Ahora se encontraban desnudos y sujetos a las inclemencias de una naturaleza adversa. La piel del animal les sirvió de vestido. La inocencia del cordero cubrió la culpa del hombre y de su mujer.
El sistema de sacrificios
Durante casi mil años que duró la vida de Adán, él y su familia iban a la puerta del Edén y ofrecían sacrificios por sus pecados. Unos mil quinientos años después de la muerte de Adán, cuando Dios sacó a Israel de Egipto le dio esta ley ceremonial para expiar los pecados de todo el pueblo, la que quedó vigente otros mil quinientos años más, hasta que vino el Cordero de Dios:
"Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente. Ofrecerás uno de los corderos por la mañana y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde… Esto será el holocausto continuo por vuestras generaciones, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová, en el cual me reuniré con vosotros para hablaros allí… y el lugar será santificado con mi gloria." (Éxodo 29:38-43)
Así Dios estableció su religión, o sea, la forma de re-ligar, de restaurar su relación rota con los hombres, de salvar la culpa, hacer un puente. Fue ordenado un sistema de sacrificios de animales y la familia de Adán llevaba a sus víctimas a las mismas puertas del Edén. El Creador no se agrada en la muerte de los animales. Él los creó por amor, igual que a nosotros. Muchas personas que se alimentan de la carne de animales se horrorizan de los sacrificios expiatorios porque los consideran innecesarios. Consideran a Dios cruel y exigente. Porque no toman conciencia de la gravedad de sus pecados, ni de su propia condena a la muerte temporal y eterna. Si nosotros hubiésemos vivido entonces, y hubiésemos tenido que elegir, aunque con dolor, no lo habríamos dudado. Esos sacrificios sustitutos prefiguraban la muerte de Jesucristo en nuestro lugar. Actualmente, si no somos consumidos por nuestras culpas, es porque el sacrificio de Cristo se extiende en nuestro beneficio como fianza, aunque finalmente se acreditará sólo a quienes reconozcan y confiesen sus pecados.
La profecía de Isaías
Unos siete siglos antes de que Cristo naciera, el profeta Isaías escribió por inspiración divina, y describió el sacrificio del Cordero de Dios:
"No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores." (Isaías 53)
El reconocimiento de Juan el Bautista
Cuando Jesús tenía doce años, fue por primera vez al templo con sus padres, y al ver sacrificar al cordero se dio cuenta de que Él mismo sería sacrificado. Al empezar su ministerio a los treinta años, Juan el Bautista, profeta y precursor suyo, lo reconoció como el Cordero de Dios:
"Vio Juan a Jesús que venía a él y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón el cual es antes que yo, porque era primero que yo… Y yo le vi y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios." (Juan 1:29-34)
Cristo era perfectamente consciente de su misión. Él dijo:
"Por esto me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre." (Juan 10:17-18)
"Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos." (Juan 15:13)
El cumplimiento profético
Estaban predichos exactamente año, mes, día y hora en que Jesús moriría. Y "cuando vino el cumplimiento del tiempo" (Gál. 4:4), la profecía se cumplió rigurosamente al detalle. Jesús mismo era perfectamente consciente de las circunstancias y frecuentemente tenía expresiones como: "Aún no ha venido mi hora... Mi tiempo aún no ha llegado..." (Juan 2:4; 7:6). "Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén... Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado" (Luc. 9:51; Juan 12:23). Este conocimiento de Jesús del tiempo en que vivía, era, en favor de nosotros, un conocimiento racional que todos podemos alcanzar por medio de la investigación de las Escrituras. Jesús conocía lo que estaba escrito de él y colaboraba con su cumplimiento: "He aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. Como en el rollo del libro está escrito de mí" (Heb. 10:7; Sal. 40:7-8). "He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles y será escarnecido y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; más al tercer día resucitará" (Luc. 18:31-33). "Estas... palabras... os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los profetas y en los salmos" (Luc. 24:44).
La solución divina: la muerte del Cordero de Dios
Nada puede hacer el hombre para re-ligarse con Dios. No puede proponer una forma de religión, ni construirla. Sólo aceptar la Propuesta Divina:
"Fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo." (Rom. 5:10)
"Dios nos reconcilió consigo mismo por Cristo… no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados." (2 Cor. 5:18-19)
La Propuesta de Dios para salvar al pecador es algo que jamás podremos justipreciar. Que el Hijo eterno de Dios tomara la naturaleza humana y en esa condición fuera maltratado y muerto por aquellos a quienes había venido a salvar; que el Creador Todopoderoso se sometiera a insultos, provocaciones, humillaciones y crueldad extremas, y al fin depusiera su vida, es inexplicable e inentendible para nuestra mente. Mucho más, la eternidad no nos alcanzará para aprenderlo completamente, pero alabaremos su nombre y lo adoraremos agradecidos:
"Cristo Jesús… siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre." (Filipenses 2:5-11)


