Daniel lo escribió seis siglos antes. Moisés lo tipificó mil quinientos años antes. Jesús lo sabía y caminó hacia ello con plena conciencia. El sacrificio de la cruz no fue un accidente trágico, sino el cumplimiento riguroso de una agenda divina trazada desde la eternidad.
Estaba predicho el año, el mes, el día y la hora en que Jesucristo moriría. Y “cuando vino el cumplimiento del tiempo” (Gál. 4:4), la profecía se cumplió rigurosamente al detalle. Jesús mismo era perfectamente consciente de las circunstancias y frecuentemente tenía expresiones como: “Aún no ha venido mi hora... Mi tiempo aún no ha llegado...” (Juan 2:4; 7:6).
“Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén... Jesús dijo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado.” (Luc. 9:51; Juan 12:23).
Este conocimiento de Jesús del tiempo en que vivía, era, en favor de nosotros, un conocimiento racional que todos podemos alcanzar por medio de la investigación de las Escrituras. Jesús conocía lo que estaba escrito de él y colaboraba con su cumplimiento:
“He aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí.” (Heb. 10:7; Sal. 40:7-8).
“He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido y afrentado, y escupido. Y después de que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará.” (Luc. 18:31-33).
“Estas palabras... les hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.” (Luc. 24:44)
Determinación del año
Jesús en muchos momentos citaba las profecías de Daniel para referirse al cumplimiento del tiempo. Cuando envió a sus discípulos a predicar, los envió con el mensaje: “El reino de los cielos está cerca” (Mat. 10:7). Antes de morir dijo: “Mi tiempo está cerca” (Mat. 26:18); “el que lee, (Daniel), entienda” (Mat. 24:15).
Casi seis siglos antes de que Cristo muriera, Daniel escribió acerca del Mesías:
“Setenta semanas están determinadas... para poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos... desde la salida de la orden para restaurar y edificar Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas... Y después... se quitará la vida al Mesías mas no por sí... a la mitad de la semana (setenta) hará cesar el sacrificio y la ofrenda” (Dan. 9:24-27)
Dado que en el lenguaje profético un día representa un año (“día por año, día por año te lo he dado”, Ezequiel 4:6), las setenta semanas son 490 años. La orden para restaurar y edificar Jerusalén fue dada por Artajerjes, rey de Persia, en el otoño asiático del año 457 a.C. (Dn. 9:25, Esdras 6:14: Artajerjes Longímano decretó y proporcionó los medios para la reedificación de Jerusalén, y facultó a los judíos legislativa y judicialmente).
Desde entonces hasta el bautismo de Jesús en el otoño asiático del año 27 pasaron 483 años. Luego de tres años y medio de ministerio, Jesús fue crucificado en la primavera asiática del año 31 (a la mitad de la semana setenta). La falta de coincidencia del nacimiento de Cristo con el principio de la Era Cristiana se debe a un reconocido error de calendario, que no afecta al cumplimiento de la profecía.
La lista de estudiosos de la Biblia de diferentes naciones y épocas, que entendieron así esta profecía, sería interminable. Entre ellos, Sir Isaac Newton. Este sabio inglés estudió el Canon de Ptolomeo que correlacionaba los acontecimientos históricos con los eclipses. Sobre esta base científica, confirmó que el séptimo año del reinado de Artajerjes, mencionado en el libro de Esdras para el acontecimiento indicado por Daniel, correspondía al año 457 antes de Cristo y señaló la exactitud de la profecía de Daniel.
Determinación del mes y del día
Todo el sistema ceremonial dado desde Adán, prefiguraba el sacrificio expiatorio del Hijo de Dios, y Jesucristo lo cumplió exactamente. La Pascua fue ordenada en ocasión de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud egipcia. Mil quinientos años antes de Cristo, escribió Moisés por orden divina:
“Este mes (Nisan) les será el primero de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año… En el diez de este mes tome cada uno… un cordero por familia. El animal será sin defecto, macho de un año… Y lo guardarán hasta el día catorce de este mes, y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes (el día comenzaba con la puesta de sol)… Y aquella noche (la que iniciaba el día quince), comerán la carne asada en el fuego, y panes sin levadura, con hierbas amargas… es la Pascua de Jehová.” (Ex. 12:2-11)
Lo reitera el Levítico:
“En el mes primero a los catorce días del mes, entre las dos tardes, pascua es de Jehová. Y a los quince días de este mes es la fiesta solemne de los panes sin levadura a Jehová; siete días comerán panes sin levadura. El primer día tendrán santa convocación; ningún trabajo de siervos harán.” (Lev. 23:5-7; Núm. 28:16-18)
“El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 2:29) debía morir cuando se celebraba la fiesta de la Pascua porque prefiguraba la liberación de la esclavitud del pecado y de su condenación. Cristo moriría por nuestra injusticia. Nosotros viviríamos por su justicia. “Jesús... dijo a sus discípulos: Saben que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado...” (Mat. 26:2).
Jesucristo murió exactamente en el mes primero a los quince días del mes.
“Llegó… el primer día de la fiesta de los panes sin levadura en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua. Y Jesús envió a Pedro y a Juan diciendo: Vayan, preparen la pascua para que la comamos. Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la preparemos? Él les dijo: He aquí al entrar en la ciudad les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo hasta la casa donde entrare y digan al padre de familia de esa casa: El Maestro te dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua… ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Entonces él les mostrará un gran aposento alto ya dispuesto; preparen allí. Fueron, pues, y hallaron como les había dicho, y prepararon la pascua (día catorce). Cuando llegó la noche, (comienzo del día quince) se sentó a la mesa con los doce… Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con ustedes esta pascua antes que padezca! Porque les digo que no la comeré más hasta que se cumpla en el reino de Dios” (armonización de Luc. 22:7-16; Mat. 26:17-20). (En los días de Cristo la Pascua y la fiesta de los panes sin levadura se llamaban indistintamente con un nombre o el otro).
“Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a la muerte. Y le llevaron atado y le entregaron a Poncio Pilato el gobernador… Ahora bien, el día de la fiesta (quince de Nisan) acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen… Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús le entregó para ser crucificado…” (Mat. 27:1-2, 15, 26, 35).
“Entonces los judíos… a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz el Sábado (pues aquel Sábado era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que... fuesen quitados de allí... Mas cuando llegaron a Jesús... le vieron ya muerto...” (Juan 19:31-33).
“Nuestra Pascua que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura de sinceridad y de verdad.” (1 Cor. 5:7-8)
Determinación de la hora
La ley dada a Moisés ordenaba: “ofreceréis... dos corderos sin tacha de un año, cada día, será el holocausto continuo. Un cordero... por la mañana y el otro... a la caída de la tarde” (Núm. 28:3-4).
Jesús debía morir a la hora del sacrificio.
“Desde la hora sexta (mediodía), hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Cerca de la hora novena, Jesús... habiendo clamado otra vez a gran voz, entregó el espíritu. Y... el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló y las rocas se partieron.” (Mat. 27:45-51)
A las tres de la tarde, en el mismo momento en que el sacerdote levantaba el cuchillo para degollar el sacrificio diario, Jesús murió; el velo del templo que cubría el lugar santísimo fue rasgado por una mano invisible. El lugar que fuera una vez llenado por la presencia de Dios quedó profanado por la mirada de la multitud que celebraba la Pascua. Desde entonces ya no sería más sagrado. El tremendo terremoto hizo caer el cuchillo de la mano del sacerdote y el cordero escapó. El sistema ceremonial había caducado: “hará cesar el sacrificio y la ofrenda”.
En la muerte del Hijo de Dios, el símbolo se encontró con su verdadero significado: “EL CORDERO DE DIOS, QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO... OFRECIÉNDOSE A SÍ MISMO... LO HIZO UNA VEZ, PARA SIEMPRE” (Juan 1:29; Heb. 7:27).


